Linternas
Si me permitís la nostalgia, las linternas misteriosas vislumbradas en el Windsor me recuerdan las aventuras que viví de niño con mi buen amigo Carlos.
Después del colegio, acostumbrábamos a visitar un edificio que nunca terminaba de construirse y que proyectaba su atractiva sombra sobre nosotros en el recreo, llamándonos a escudriñar sus rincones más oscuros. Durante días, entramos de tapadillo y recorrimos sus polvorientos pasillos sin que nuestras madres lo supieran.
En estas visitas vespertinas solía imaginarme que, en lugar de un aborto de edificio, el coloso de la calle Salcillo era una casa difunta y fantasmal. Así, reconstruía las vidas imaginarias que se habrían extinguido en su interior para poder sentirme como un verdadero intruso en sus entrañas.
Años después, terminaron de construir el bloque de viviendas y sus atractivos misterios se llenaron de familias más o menos felices. Sin embargo, cada vez que paso por su lado en coche recuerdo las sombras, los olores y los restos de obra. Qué libre y feliz me sentí a bordo de mi propia casa encantada.
También me acuerdo, pero con menos nostalgia, de la bronca que nos propinaron nuestras madres cuando descubrieron el pastel, a raíz de un chivatazo por parte de una de nuestras compañeras del colegio.
Supongo que, en el caso Windsor, alguien acabará recibiendo también su propia y afectuosa regañina.
O eso, o los hombres de las linternas brindarán con Elvis, el fichaje Vieira y los verdaderos asesinos de Kennedy en el panteón de los grandes titulares de prensa amarilla.
Después del colegio, acostumbrábamos a visitar un edificio que nunca terminaba de construirse y que proyectaba su atractiva sombra sobre nosotros en el recreo, llamándonos a escudriñar sus rincones más oscuros. Durante días, entramos de tapadillo y recorrimos sus polvorientos pasillos sin que nuestras madres lo supieran.
En estas visitas vespertinas solía imaginarme que, en lugar de un aborto de edificio, el coloso de la calle Salcillo era una casa difunta y fantasmal. Así, reconstruía las vidas imaginarias que se habrían extinguido en su interior para poder sentirme como un verdadero intruso en sus entrañas.
Años después, terminaron de construir el bloque de viviendas y sus atractivos misterios se llenaron de familias más o menos felices. Sin embargo, cada vez que paso por su lado en coche recuerdo las sombras, los olores y los restos de obra. Qué libre y feliz me sentí a bordo de mi propia casa encantada.
También me acuerdo, pero con menos nostalgia, de la bronca que nos propinaron nuestras madres cuando descubrieron el pastel, a raíz de un chivatazo por parte de una de nuestras compañeras del colegio.
Supongo que, en el caso Windsor, alguien acabará recibiendo también su propia y afectuosa regañina.
O eso, o los hombres de las linternas brindarán con Elvis, el fichaje Vieira y los verdaderos asesinos de Kennedy en el panteón de los grandes titulares de prensa amarilla.
jaja y que quiero ver fotos de la super perra asesina

