miércoles, 02 de marzo de 2005

Alicatados

Hay días en los que hubiera sido mejor quedarse en la cama. Hoy sería uno de esos días si no fuera por los 48 eurazos que me han pagado por haber ganado la porra de los Oscar, por la casa que hemos encontrado y que podría ser nuestra de aquí al fin de semana y por mi absurda capacidad para confiar en que el día de mañana siempre será mejor.

Lo cual me lleva a una reflexión que he compartido con mucha gente a lo largo de muchas comidas: Es inútil añorar el pasado o creer que hemos nacido en un mundo peor que el de hace cien años.

Se trata de mi famosa teoría de los baños alicatados.

Empecé a vislumbrarla el día en que pude ver los sanitarios que utilizaban los príncipes en el siglo XVII. Desde entonces, no he hecho más que reafirmarme en la idea de que los sanitarios de los señores Porcelanosa y Roca, así como el alicatado, el agua caliente y la posibilidad de ropa limpia y una ducha caliente cada día, son avances que superan a cualquier concepción romántica que te ate al pasado.

Entiendo a los fans de Star Wars, porque estoy convencido de que los caballeros de la Antigua República tenían sistemas sanitarios que harían palidecer de envidia a las tres conchas de Sylvester Stallone. Pero ¿envidiar a Alejandro Magno? Ni de coña. Máxime teniendo en cuenta que las posibilidades de vivir como él hubieran sido más que reducidas.

Probablemente, yo hubiera sido uno de los soldados a los que matan en el tercer fotograma, o uno de los esclavos babilonios que se veían obligados a prostituirse para los rudos soldados griegos.

Una de las pocas virtudes de la película de Oliver Stone sobre el mayor conquistador que haya conocido la Historia es su exposición de lo jodido que era viajar en aquella época. Ahora nos cogemos unos cabreos galopantes cuando pierden nuestras maletas en Tailandia, pero no hay comparación con las dificultades que tenía llegar desde Madrid a Móstoles. Me impresionó la descripción que aparece en 'La forja de un rebelde', de Arturo Barea, en la que detallan los dos días de viaje que suponía dicho trayecto a principio de este mismo siglo.

Hoy, la gente se compra la casa en Ciudad Real porque le sale considerablemente más barata y el AVE llega en dos minutos.

Y menudos baños hay en el AVE...

Comentarios

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Autor: Invitado
Fecha: miércoles, 02 de marzo de 2005
Hora: 17:24

Coincido al ciento por ciento. La felicidad es meterte en la ducha y que salga agua caliente o tirar de la cadena en un vater de Budapest sin que se atasque el bote sinfónico. Héctor.