viernes, 11 de marzo de 2005

...

Ha pasado ya un año desde el último 11M. Todos nos acordamos de qué hacíamos entonces, de dónde estuvimos en cada momento del día. De a qué personas tuvimos que tranquilizar, diciendo que no, que seguro que no había pasado nada. Que iría en el siguiente tren, o en el anterior.
Afortunadamente, en mi círculo sólo una persona resultó afectada por los atentados, y no de extrema gravedad.

Un año después, todos seguimos sometidos a la culpabilidad colectiva del superviviente. Desde todo el mundo, nos llamaron para preguntar si estábamos bien, si estábamos cerca o lejos de Atocha. ¿Has donado sangre? Dicen que hay colas enormes. ¿Cómo voy a hacer resultados de empresas en un día como hoy? ¿Dónde puedo ir para sentirme de alguna utilidad?

¿Qué puedo hacer?

Aún seguimos haciéndonos esta pregunta. ¿Qué puedo hacer cuando el mundo te recuerda que la violencia, la tristeza y el dolor no son únicamente cosas que pasan en la distancia? ¿Cómo reaccionar al mundo que nos rodea? Y no me refiero a nuestra burbuja personal, que nos acuna en mil falsas seguridades y nos hace creer que mañana también saldrá el sol. Me refiero al mundo de verdad.

Esta semana fui con Cris al hospital donde dio a luz la hija de Eduardo. Eduardo, sí, mi combativo compañero, ese que te recuerda a diario algunas verdades que no te apetece escuchar pero que siempre acabas agradeciendo. Ese que pasa ocho horas al día sentado delante del ordenador explicando por qué el mundo que nos rodea está como una cabra. Informando de guerras, hambre, pestes, muerte y del quinto jinete texano del Apocalípsis.

Con todo a su alrededor, el domingo Eduardo se vio iluminado por una nueva vida. Una criaturita preciosa por la que seguirá intentando que todo sea mejor cada día.

PD.- Yo me he tomado el día libre por puro agotamiento. Llevo varios días en los que apenas me tengo en pie y en los que debería haberme metido apiserum en vena. Ayer, de hecho, fallé a mis metafóricos perros en nuestra cita del segundo jueves de cada mes porque no me sentía con fuerzas para salir de casa.

Y me siento muy culpable por ello, porque me había comprometido a ir y porque oigo voces que dudan de la continuidad de esta gran camada. Ayer, más que nunca, debería haber estado a su lado tomando una cerveza y recordando que una vez fuimos jóvenes, que aún lo somos.

Lo siento chicos.

Imagen

Comentarios

Añadir un comentario